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El lujo del espacio

Vivimos un momento en el que está de moda el «menos es más», reducir todo a los elementos esenciales que componen las cosas. En la arquitectura, este fenómeno viene ligado a la necesidad de dar soluciones óptimas de habitabilidad a viviendas mínimas, las únicas posibles para una población que no ha tenido más opciones ante precios desorbitados desencadenados por una especulación y un abuso del mercado inmobiliario. Pero lo cierto, es que ante situaciones adversas en momentos de crisis se agudiza el ingenio y los arquitectos hemos redescubierto la esencia de la propia arquitectura al hacer del espacio y su luminosidad el verdadero lujo.

Ya a principios del siglo XX, la alta burguesía catalana colonizaba el ensanche barcelonés con viviendas que pese a sus 400 metros cuadrados disponían únicamente de dos habitaciones y un baño. Sin embargo, en las promociones infernales de las que se ha infestado el territorio español, las habitaciones se cuentan con dos manos en plantas de a penas 100 metros cuadrados. La compartimentación se volvió un recurso de oro para las inmobiliarias que vendían pisos de 3 dormitorios, 2 baños, salón-comedor y cocina con eternos pasillos y sin pensar en la calidad espacial de los mismos, la ventilación o la luz.

Hoy queremos centrar la atención en el redescubrimiento de los espacios ocultos bajo el yugo del funcionalismo. El binomio uso y compartimentación ha hecho mucho daño a la calidad de los lugares que habitamos que, con tal de cumplir con un fin, responder a su función, han acabado con el fin en sí mismo. A medida que avanza la obra del Hotel Jardines de Nivaria percibimos como tras la demolición se desvela lo esencial, el lujo del espacio.

En este ir y venir, este poner y quitar que conlleva la intervención en un edificio existente, hay una parte hermosa al descubrir la esencia de la propia construcción. Es como desvestirle para encontrar la belleza del espacio cuando reduces todo lo superfluo a lo mínimo. Los grandes ventanales despojados de sus carpinterías se convierten en hermosos huecos que, cual marco de un cuadro, enmarcan el paisaje. La ausencia de puertas da fluidez a los espacios que se conectan visualmente y te permiten disfrutar de los recorridos. Las paredes de distintas alturas ponen orden y potencian al máximo la amplitud permitiendo que la luz llegue más allá. La composición que resulta de suelos, paredes y techos de diferentes estancias conforman un todo que abruma con su belleza.

En ocasiones, a los arquitectos se nos tilda de maniáticos por nuestra insistencia en las dobles alturas, grandes paños de vidrio que cuestan limpiar, conexiones exterior-interior que carecen de privacidad, pero lo cierto es que vemos la bondad de proyectar espacios amplios definidos por la  luz. La envolvente, la cáscara, es la piel del edificio pero al igual que las personas, lo bonito está por dentro. Es lo que diferencia escultura y arquitectura, la escultura se puede rodear, tocar y sentir pero no se puede entrar en ella, carece de espacialidad.